Los problemas nutricionales y gastrointestinales que se dan con frecuencia en las personas con autismo suelen llevar a las familias a buscar tratamientos alternativos que sean “inocuos”. Entre estos se encuentran una dieta sin gluten y sin caseína (GFCF, por sus siglas en inglés) derivada de la teoría de los opioides, que sugiere que, en algunas personas autistas, la digestión de la caseína y el gluten es incompleta y provoca la formación de sustancias con propiedades similares a los opiáceos. Unos niveles elevados de estos péptidos en la orina causados por la degradación incompleta hacen que estas sustancias afecten al sistema nervioso atravesando la barrera hematoencefálica e interactuando con los receptores de opiáceos. En algunos casos, se han registrado mejoras en el comportamiento, el lenguaje, la interacción social y los síntomas gastrointestinales de las personas autistas con esta dieta. Sin embargo, a pesar de estos estudios exitosos, no hay suficientes datos que demuestren de forma definitiva su eficacia. Además, seguir esta dieta durante un periodo largo de tiempo podría causar deficiencias de micronutrientes, lo que intensifica la controversia sobre sus beneficios a largo plazo.